Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Historia de un rio. 2º y 3er ciclo.




Braulio estaba sentado en una roca de la orilla; bostezaba aburrido ante la perspectiva de una pesca escasa. Este no era un deporte muy adecuado para sus trece años. Se estaba haciendo tarde y temía volver a casa de vacío; de repente notó un fuerte tirón de la caña.
-Ahora sí que he pescado algo grande. Esta vez no se me escapa.
Clavó la caña con fuerza entre dos piedras  y rápidamente  cogió una red  para sacar  la trucha que debía de estar enganchada en el anzuelo. Tiró con mucho cuidado para que no se le escapase, pero cuando la pieza apareció de debajo del agua, se llevó una desagradable sorpresa.
- ¡Qué asco! Ya ni siquiera se puede pescar en este río -dijo enfadado,  mientras intentaba soltar del anzuelo  un zapato que se había enganchado en él. Se indigno tanto que se salió del agua y empezó a recoger todos los útiles de pescar.
-¡Ya está bien!  No pienso perder más mi tiempo con la dichosa manía de mi madre: “Braulio ve a pescar, seguro que te distraes”.  Yo no vuelvo  por aquí,  cada vez hay más basura en el rio. ¡No me explico cómo la  gente no cuida  lo más importante que tenemos! Mira que el sitio de tirar un zapato ¡es indignante!
Braulio era un chico muy concienciado con los problemas que la escasez de agua estaba generando en gran parte del planeta. Muchas veces pensaba que cuando fuera mayor se iba a hacer voluntario de Greenpeace para defender los derechos de la Tierra. Mientras recogía todo, le pareció escuchar que alguien le llamaba. Miró por todos lados pero no vio a nadie.
-¡Eh, Braulio!
Esta vez estaba seguro, lo había vuelto a oír  pero… ¿de dónde salía la voz?
-Aquí, soy yo.
-¿Quién anda ahí? -preguntó asustado sin  encontrar a la persona que le estaba hablando. “Estará escondido detrás de los árboles” pensó. -¡Que salga quien sea!  Es de cobardes esconderse.
Por un momento estuvo a punto de echar a correr y buscar ayuda. No se podía esperar nada bueno  de  alguien que  le llamaba y no daba la cara.
-Aquí, soy yo, el río, ¿es que no me ves? Has estado pescando toda la tarde en mis aguas, bueno, más bien intentándolo.
El chico de repente creyó que estaba sufriendo alucinaciones, había venido sin gorra.
-Me está bien empleado, mi madre me lo tiene dicho: ”Braulio, no te olvides de la gorra que el sol  pega muy fuerte en verano”
-Perdona, pero no lo estás soñando, te estoy  hablando yo, el río en el que te bañabas hasta hace poco ¿Es que ya no te gustan mis aguas?
Braulio seguía sorprendido,  la voz que le llamaba era tan tranquilizadora que, casi sin darse cuenta, como si fuera lo más normal del mundo, se fue calmando y  mirando a la corriente de agua contestó:
-Me gustaban antes cuando estaban limpias pero, ahora, ya ves lo que he pescado en ellas, un zapato viejo. Todo se está contaminando -dijo con pena.
-Pero, yo no tengo la culpa,  habéis sido vosotros,  los humanos,  los que me habéis maltratado,  humillado y manchado el cauce por el que corro desde hace miles de años. ¿Te crees que me gusta? Antes los guijarros relucían cuando los rayos del sol se reflejaban en ellos, ahora casi no se ven; mi agua baja muy turbia. 
Braulio volvió a mirar a todos lados, seguía sin creer que estaba hablando con un accidente geográfico -era así cómo se llamaba a los ríos cuando los  estudiaba en la escuela-,  sin embargo, por allí no había nadie que pudiese reírse de él, así que como no sabía qué hacer, se sentó encima de los juncos que había en la orilla y escuchó al rio Grande que siguió hablándole:
-Te contaré mi historia y comprenderás cómo mi deterioro se debe  al mal uso que han hecho de mí las personas. -Braulio escuchó en silencio; reconocía que  el río tenía toda la razón-. Bueno, yo sé que ese es tu nombre porque he  oído  a tu madre miles de veces pronunciarlo  cuando te bañabas aquí, en este remanso y, no siempre le hacías caso. Braulio por aquí, Braulio por allá; necesito que alguien me defienda, además haciéndolo, defenderás  los derechos de tus hijos y de tus nietos cuando los tengas; las personas necesitan tener agua limpia en sus ríos. Escúchame con atención:
Hace muchísimo tiempo nací  en medio de dos gigantescas montañas. Desde que me asomé entre las rocas, corrí alegremente hasta la desembocadura en el mar. Siempre estaba contento porque todo lo que me rodeaba era hermoso. Durante todo el camino que hacía desde la montaña hasta el valle, me acompañaban frondosos bosques llenos de árboles corpulentos que introducían sus raíces por debajo de la tierra  húmeda hasta llegar a mí. En el cauce superior, yo corría  más rápido entre las rocas; se me antojaba que me deslizaba por  toboganes esculpidos en mi lecho  que  formaban grandes cascadas. Después, cuando recorría el valle, lo hacía con más tranquilidad; allí  nadaban reposadamente las truchas y los barbos haciéndome cosquillas cuando rozaban los guijarros con sus aletas  y  después de muchos kilómetros  me encontraba con el mar. Durante los momentos en que el agua dulce salía a mi encuentro para saludarme, algunas especies  marinas que habitan en los estuarios entraban en contacto conmigo. Los camarones y los cangrejos vivían allí  y  servían de alimento a montones de aves migratorias. Aparecían los patos salvajes y las pequeñas zancudas que encontraban su comida entre los fondos del estuario. La vida bullía por todas partes y todo era gracias a mí.
-Debía de ser bonito viajar desde las montañas hasta el mar entre tanta naturaleza -interrumpió Braulio.
-Antes sí, pero ahora las cosas no son lo mismo. En la época  de la que te hablo  bajaban a mí los habitantes de los bosques: las hadas, las ninfas, los gnomos, los elfos y otros seres que, por estar siempre ocultos,  no te puedes ni imaginar que existen. Todos los días se aseaban en mi orilla y pasaban mucho tiempo bañándose  y jugando conmigo.  Después se tendían sobre el lecho de hojas que había en mis orillas hasta que se secaban bien sus alas y sus ropas de seda. Las hadas y las ninfas se peinaban sus largos cabellos, ellas llevaban siempre peines con  púas finísimas que les hacían los duendes con las acídulas de los pinos,  y mirándose en mis aguas cristalinas, que eran como espejos, empezaban a cepillarse  el pelo,  que  adornaban  con flores recogidas en mis orillas o arrancadas de mis entrañas como los nenúfares. Así pasaban las horas, todos  a mi alrededor,  porque yo les surtía de agua  limpia y fresca.
-¿De verdad  existen los seres mágicos del bosque? yo no me lo creía  pero, si tú lo dices… Y ahora, ¿siguen bajando a bañarse en tus aguas?
-Ahora no -contestó el rio Grande con tristeza-, hace tiempo que no veo a ninguno; ellos necesitan el agua limpia para vivir, si no mueren.
Braulio se quedó muy triste y pensativo, era una pena que esos personajes tan maravillosos hubiesen desaparecido de la tierra. El chico observó que los pájaros habían dejado de cantar y los insectos de zumbar,  todos escuchaban la historia del rio Grande.
-Sigue contándome  tu vida, por favor,- le suplicó.
-Bien, cuando se marchaban los seres mágicos  del bosque, llegaban los animales a beber. Había infinidad de aves, jabalíes, ciervos, corzos, pequeños conejos, garduñas y otros roedores; pero el más temido por todos era el oso. Normalmente, cuando este último estaba cerca de mis orillas, los demás animales se escondían y cuando él se marchaba, acudían otra vez porque el peligro había pasado. Cuando más me  divertía  era en la época en que los salmones regresaban a su lugar de nacimiento. Disfrutaba jugando con los osos y con estos gigantescos pescados, aunque   sufría  mucho cuando veía el esfuerzo que hacían los pobres para remontar mis aguas sin que  pudiera ayudarles. Pasó mucho sin que nada enturbiara mi vida,  hasta que  un día llegaron a mis orillas unos seres  que nunca había visto.  Ahora, ya sé que eran hombres, pero en aquella época me parecieron unos animales muy extraños; me sorprendía verlos  andar sobre dos patas y que se entendieran entre ellos  de forma diferente. Luego supe que vosotros os comunicáis  por medio del habla. Estuvieron bañándose en mis aguas y, después,  descansaron en mi orilla como hacían mis amigas las ninfas y las hadas; a partir de entonces se quedaron a vivir cerca de mí y desde aquel instante empezó mi decadencia. Observé con tristeza que desde que los hombres llegaron, los seres mágicos de los bosques no bajaban  tanto, solo  lo hacían cuando los otros estaban dormidos, yo creo que les tenían miedo. Un día, todavía lo recuerdo con tristeza, algunos ciervos y jabalíes estaban pastando tranquilamente cerca de mí, un grupo de hombres  apareció chillando, llevando en sus manos palos largos terminados en puntas de piedra. Los animales salieron asustados corriendo, pero los que no pudieron escapar acabaron muriendo atravesados por aquellas varas tan peligrosas. Fue la primera vez que asistí a una cacería. No me gustó nada, observé en aquellos seres una violencia que no había visto nunca en mis amigos, ellos  siempre mataban cuando tenían hambre, pero aquella vez me pareció que los humanos  lo hacían también para divertirse y, desde aquel momento, todo a mi alrededor empezó a experimentar grandes  cambios. Ese día, mi  agua se llenó de la  sangre de mis amigos; tardé mucho tiempo en poder limpiarme y sentirme otra vez contento y despreocupado. Poco a poco, los recién llegados aprendieron a construir casas cerca de mis orillas; necesitaban de mi agua para vivir y, además, tenían bastante caza así es que el sitio era ideal para quedarse. Empezaron a podar árboles para hacerse cabañas y a cortar ramas que convertían en  leña en el invierno.  Yo lo perdonaba todo por los niños, que eran muy graciosos; a ellos les gustaba mucho estar cerca de mí y cuando llegaba la hora de sus juegos me divertía como años atrás lo hacía con los seres mágicos del bosque. Poco a poco recobré la alegría porque veía que  eran felices conmigo. 
-No me creo que tengas sentimientos como las personas, eres un río, solo agua.
-¡Solo agua dices! ¡Soy la vida! -contestó indignado-. Gracias a mí viven miles de personas en la ciudad y lo peor es que no os dais cuenta de ello cuando me echáis toda la basura que se os antoja.
Braulio se dio cuenta de que el río tenía razón y le invitó a que siguiera hablando:
-Bueno no te enfades, sigue  con tu historia aunque mi madre se va a preocupar si ve que no estoy en casa a las nueve.
-Vale en seguida termino. Cada vez había más humanos viviendo en mis orillas hasta que construyeron la ciudad  en dónde tú vives ahora. Cortaron miles de árboles para hacer las casas y construyeron industrias que,  desde entonces, vierten en mis aguas aceites  y metales pesados, además  en el cauce bajo, los agricultores abonan sus cosechas con nitratos y a veces echan pesticidas. Todo eso  acaba en mis aguas. El bosque que me rodea  cada vez es más pequeño,  por eso, ahora llueve menos y mi agua está más turbia.
Braulio miró el reloj,  y aunque se estaba haciendo tarde,  estaba viviendo un momento mágico junto a su río y le daba pena dejarle, pero anochecía y pensó  que tenía que interrumpirle:
-Estoy muy a gusto a tu lado pero, tengo que irme, sino lo hago mi madre me echará una bronca y no podré venir más –dijo levantándose y sacudiéndose  las briznas de hierba que tenía en los pantalones.
-¿Me prometes que volverás? Tenemos que hablar, tienes que intentar estudiar mucho para poder ayudar a conservar toda la naturaleza que todavía queda intacta.
-Te lo prometo, en el momento que pueda regresaré; hasta la vista.
Braulio se subió en su bicicleta y se alejó con el corazón encogido, nunca hubiese pensado que los ríos tuviesen sentimientos; a lo mejor también los tenían los bosques, las montañas y, por supuesto, los animales. Toda la percepción que tenía del mundo había cambiado. Tenía que poner  todo su empeño en conservar aquello que todavía tenía intacta su belleza. Cuando llegó a su casa salió a recibirle su perra Tula; ese día le pareció que estaba más contenta que de costumbre, era como si saludase a su compañero o más bien a su cómplice. Su madre salió a la puerta.
-¿Qué tal la pesca?, ¿ha habido suerte?
-¡Qué va! Un zapato viejo. Mamá deberíamos de hacer algo para que la gente no eche basura al río. Es una pena que no haya casi pescado por causa de lo que vierten  al agua. Me han dicho que las fábricas contaminan mucho.
Su madre le escuchó sorprendida; no estaba acostumbrada a que Braulio se preocupara  tanto por cosas serias.
-Venga, sube a bañarte que es tarde. Hoy vamos a cenar a las tantas. 
-Mamá, mejor me ducho, no debemos malgastar el agua.
La madre de Braulio se quedó callada, su hijo estaba  estaba madurando y eso la satisfacía mucho. Mientras  cenaban, salió un anuncio que llamó a atención de Braulio.
-Déjalo ahí, por favor mamá, quiero saber lo que dicen de Greenpeace.
  La presentadora anunciaba unos campamentos: Greenpeace oferta sus  últimas plazas para campamentos de verano a para niños de 9 a 17 años.
-Mamá, todavía quedan plazas para mi edad, me gustaría  ir a esos campamentos; allí te enseñan a resolver  los problemas que tenemos con el medio ambiente
-Hay que ver la perra que te ha entrado con este tema. Así,  sin pensarlo, la verdad es que no sé. Ya les escribiré y  tomaremos una decisión. Ahora  hay que acostarse,  mañana te dan las notas finales,  si te suspenden, no hay campamentos que valgan.
Braulio  pasó aquella noche en blanco y si dio alguna cabezada, no pudo descansar bien, pues entre sueños, veía a las ninfas y a los elfos  que con sus dedos largos y finos le acusaban de haber tirado un montón de zapatos viejos al rio. Se levantó de madrugada y no quiso dormir más, estaba muy nervioso. 
En los días siguientes pasaron dos acontecimientos  muy importantes para  Braulio: las notas fueron estupendas y  por otro lado  su madre le comunicó que podía ir a los  campamentos que  Greenpeace tenía organizados. Estaba deseoso de volver al lugar en el que había mantenido la conversación con el rio Grande. Aquella tarde tenía planeado acercarse para hablar con él, pero sus amigos se empeñaron en acompañarle.
-Tienes que enseñarnos a pescar. Mi padre me ha dicho que lo haces muy bien.
-Pero si ya no hay pesca en el río. Además yo no tengo gana de ir esta tarde -Braulio estaba poniendo excusas para verse libre de ellos, pero ni por esas convenció a la peña; a las cinco  estaban esperándole con las bicicletas y con las cañas.  Llegaron al sitio de siempre y no había pasado ni media hora cuando los chicos empezaron a ponerse nerviosos.
-Oye, aquí  no pica nada.
-No me creo que tú pesques algo,  ¿no será que pasas por el criadero de truchas y le compras alguna a tu madre?
-¡Hay que ver las tonterías que decís! Como tengo tanto dinero, voy y me lo gasto en una trucha, este tío está tonto -contestó Braulio enfadado con  su compañero. 
De pronto oyeron a uno de los chicos gritar de alegría. Se  había  enganchado un pez y no era pequeño, no.  El chaval tiró con todas sus fuerzas y cuando pudo sacarlo del agua, todos los que esperaban con expectación la aparición de una brillante trucha, se llevaron un disgusto.
-¡Es el otro zapato! – dijo Braulio desternillándose de risa. 
El muchacho que lo había sacado se molestó tanto por la actitud  de su amigo que tiró la caña y  se fue hacia él;  agarró a Braulio por el hombro dándole un puñetazo y allí empezó la primera pelea de su vida  y también la última. Cuando el chico logró quitarse de encima al energúmeno  de su amigo, dijo gritando:
-¡Ya está bien!  Aquí no queda pesca ¿Habéis visto lo que hay en el agua? Porquería, solo eso; se acabaron los peces los ciervos, las ranas y hasta las culebras. Todos debían de estar  aquí pero ya no hay ningún animal. Han desaparecido por nuestra culpa. En vez de pelear deberíamos  intentar limpiar todo  para el bien del rio  –aclaró Braulio enfadado.
-Oye, ¿porqué no sacamos los residuos que no deban estar aquí? Yo tengo mis gafas de bucear- añadió uno de sus amigos.
-Sí, es una buena idea; ya que somos seis, tres podemos limpiar el  río y los otros  las orillas.
-Vale -dijo Javi-, antes de estar como pasmarotes, prefiero ayudar.
Y ante la mirada acuosa del rio, los chicos empezaron a trabajar como nunca lo habían hecho; los buceadores sacaron anzuelos y plomos unidos a los hilos de pescar, un neumático, dos rebecas que estaban enredadas en los juncos,  cinco cascos de botellas, más algunos trozos de cristal y bolsas de plástico a montones. Los de tierra recogieron en una de las bolsas todas las latas de refresco que había por allí tiradas, bolsas de patatas fritas y platos  de plástico de alguna merienda que no se habían molestado en limpiar.
-Bueno, y ahora ¿dónde echamos toda esta basura?-preguntó Javi a Braulio.
-Debemos de llevarlas a los contenedores de la ciudad. Aquí estropean el paisaje.
-Lleva razón Braulio, ahora que está más limpio, dan más ganas de volver que antes.
-Bueno, vámonos ya,  que los que no os habéis mojado no tenéis frio, pero yo me estoy helando  -dijo Félix que estaba con toda la ropa empapada-, voy a coger una pulmonía.
-Echad vosotros delante, quiero buscar entre aquellos pinos. He visto más desperdicios. 
Todos sus amigos emprendieron el regreso al pueblo. Cada uno llevaba una bolsa de basura que había recogido del bosque; por primera vez en mucho tiempo los habitantes de Montegrande habían puesto su grano de arena en la limpieza de la naturaleza. Braulio estuvo durante un rato paseando hasta que comprobó que no había nadie por los alrededores, no quería que se supiese su  secreto; se sentó en la orilla del río y esperó a que este le hablase. Pasó más de una hora; llegó a pensar que lo del otro día había sido solo sueño, pero…no, estaba seguro de que había hablado con el río Grande. Esperó que  le hablase pero nada,  no oía ni una palabra. Se estaba poniendo nervioso, se levanto y se dirigió a Grande algo enfadado:
-¡Qué! ¿Me vas a decir algo o no? Me gustaría hablar contigo y no sé si me escuchas.
-Pues claro que te escucho, pero es que me he quedado mudo al veros recoger tanta basura. Llevaba mucho tiempo con molestias  por culpa de  las rebecas enrolladas en mis juncos, y de los plásticos pegados en mi lecho. ¡Qué maravilla! Por fin me siento libre. Gracias Braulio.
-No, no me las des, ya he comprendido que lo que haga por ti lo estoy haciendo también por mí.
-Llevas mucha razón, los ríos somos como las venas de la Tierra y la basura que echáis a ellos sería comparable a vuestro colesterol. Todos los ríos van a desembocar al mar y le llevamos al pobre cantidades inmensas de  desechos que no sabe qué hacer con ellos. Si yo estoy triste, imagina cómo estará él. Los animales marinos también están muriendo por culpa de tantos plásticos en el agua. El haber recogido aquí unas cuantas bolsas a lo mejor ha salvado la vida a una tortuga o a un delfín.
-Grande, tengo que decirte algo, en realidad he venido a despedirme, vas a estar mucho tiempo sin verme; me voy con Greenpeace, quiero aprender a ser responsable con todo lo que me rodea, he convencido a mi madre, verás cómo vas a estar orgulloso de tu amigo Braulio.
-No lo dudes, por eso te elegí a ti entre todos los que han venido a mis orillas, sabía que responderías.
El muchacho  estaba contento, se sentía  integrado en  el bosque que le rodeaba; parecía que podía oír los susurros de los animales. Pensó que hacía calor, se quitó la ropa, se metió en el agua y nadó hasta la otra orilla en donde él nunca había estado. Oyó risas y murmullos y, sin saber por dónde habían venido, se encontró rodeado de un montón de seres mágicos del bosque que habían bajado a darle las gracias. Confiaban en Braulio y querían compartir con él ese momento. Vislumbraban un poco de luz dentro de un futuro   bastante oscuro. La esperanza empezaba a instalarse entre ellos;  algún día la  Tierra volvería a ser  otra vez tan bella como lo había sido hace muchísimos años. 




.



Las fotografías han sido cogidas de Internet.

1 comentarios:

Conchita dijo...

Hacía tiempo que no subía ningún cuento a mi blog, por eso, para compensar, este de hoy es bastante largo. Espero que no os canséis leyéndolo. Un abrazo para todos.

Publicar un comentario