Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

domingo, 18 de febrero de 2018

La muñeca.Poesía infantil.

Dibujo sacado de internet.
La muñequita está hecha con una gran ilusión,
un corazón desbordante y también con mucho amor;
está rellena de fresas, mandarinas y cerezas,
algunos melocotones y también dulces fresones.

Dos botones de cristal azules y transparentes,
tan bonitos como el mar adornan su cabecita. 
-De ojitos le servirán.
Los papás  le ha insuflado el hálito de la vida,
las hadas le han regalado balbuceos y sonrisas, 
y pequeñas mariposas  por el balcón se han colado,
con sus alas coloridas la pared han adornado. 

Los papás ya están en casa con su muñequita en brazos.
-¿De verdad será una niña?¿No será una muñeca?
Pregunta la madre ante tanta belleza.
El padre  está a su lado, completamente embobado.
 -Solo  una niña preciosa puede sonreír así.
 No hay muñeca en este mundo que me haga tan feliz.
Los padres se han inclinado y, dando un beso a la niña, en la cuna la han 
dejado. 

viernes, 16 de febrero de 2018

La araña encajera, poesía infantil.


La araña encajera, desde su rincón 
hace su trabajo con resignación.
Su tela de araña nunca está aseada,
se pegan los bichos, no le gusta nada.

Ella es una araña muy limpia y cabal,
¡esto de los bichos va a acabar muy mal!
Desde el agujero que hay entre el cañizo
un mundo se abre bajo el cobertizo.
Cuando el sol se pone, al atardecer, 
una niña rubia suele aparecer.
Se sienta en su silla, 
coge su almohadilla llena de alfileres,
y  despacio empieza a hacer los deberes. 
Mueve las bobinas  llenas de colores,
 de hilos muy finos, de seda y de lino.
¡Qué encaje tan lindo empieza a tejer!
Cada vez más suave, cada vez más bello, 
para que una dama lo lleve en su cuello.
Sus dedos se mueven como mariposas, 
bailan  con la brisa, que sin mucha prisa sube desde el mar
y le lleva el nácar que tiene que usar.
 Y entre las bobinas, la espuma se enreda y hace maravillas.
La arañita llora lágrimas de seda,
observa  el trabajo y se desespera.
¡Lo  que ella daría por ser encajera!


Dibujo sacado de una página de internet.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Los inviernos de mi infancia en Madrid.



Con las temperaturas de estos días me ha venido a la memoria el frío que pasaba cuando era pequeña en el trayecto desde mi casa al colegio.
Después de ver la historia del niño de hielo, lo mío es una minucia, pero de todas formas tengo ganas de contarlo.
Era invierno. Daba igual el mes. Tanto enero como febrero eran gélidos en Madrid. Me levantaba por la mañana para ir al colegio, helada. Me ponía el uniforme azul marino, calcetines cortos, daba igual que estuviéramos bajo cero, eran las normas del colegio; yo creo que todavía no se habían inventado los leotardos o por lo menos no habían llegado a España. Mi  padre me revisaba de arriba abajo, sobre todo el cuello. El color oscuro  del uniforme y los tintes de aquella época dejaban un viso oscuro en la piel que podía confundirse con la suciedad.
-Si no te frotas bien, parece que llevas roña en el cuello –me decían.
Me tomaba el desayuno calentito, a veces un bizcocho riquísimo que hacía mi madre con la nata que recogía de la leche hervida, una taza entera de nata necesitaba para hacerlo.  Me ponía la boina y la capa. Mi madre me la liaba alrededor del cuerpo como si fuera un rollito primavera, pero aquello no abrigaba. El frío se metía por todos lados y en el momento que me agachaba para coger la cartera, la capa se desenrollaba de mi cuerpo dejándome totalmente al descubierto.  Aquello era un instrumento de tortura. De todas formas yo estaba acostumbrada y lo veía normal. La espera en la cola del autobús hacía que se me quedasen los pies helados y los sabañones florecían como si fueran flores en primavera. Mi  padre me  acompañaba al colegio todos los días; el trayecto desde mi casa duraba, al menos, media hora en  autobús. Me encantaba ver las barbas de los leones de la Cibeles hechas carámbanos de hielo.
Mi padre me repasaba las lecciones que llevaba para ese día. Recuerdo como si fuese hoy mismo  el momento en que me preguntaba lo que era una península, lo que era una isla, un cabo, lo que era un río... Normalmente repasábamos las lecciones de geografía desde el segundo piso del autobús. Siempre me gustaba subirme al piso de arriba.
Después de acompañarme, él se quedaba media hora paseando por la Gran Vía hasta que se hacía la hora de entrar al banco.
Cuando el poco calor del aula me iba calentando el cuerpo empezaba mi martirio. Los sabañones me dolían y me picaban al mismo tiempo. Me rascaba frotándome un pie contra otro.  A veces se hacía insoportable.
Como estaba lejos de casa no me daba tiempo a ir a comer. Podía haberme quedado en el cole, pero el día que lo hice, me dieron de primer plato sopa y de segundo lentejas. Me pareció una comida tan rara que le dije a mi madre que no quería comer allí, que prefería irme a casa de mi tía Maruja que vivía cerquísima del colegio. Ella me preparaba un barreño de agua caliente que aliviaba mis sabañones.
Además así tenía la oportunidad de pelearme con mi prima. Según la decoración del plato de la vajilla en donde nos servían la comida te tocaba ser reina o princesa, y claro, ninguna de las dos queríamos dejar la corona a la otra. No he vuelto a comer una tortilla de patatas tan rica como las que hacía mi tía. Además, cada día de la semana había un plato fijo. Recuerdo que los martes, creo, eran lentejas y tortilla de patatas. Claro que no se podían comparar a las del colegio.
Por la tarde, nos  tocaba  hacer labores mientras una de nosotras rezaba el rosario. Después estudio, casi nunca jugábamos. Al salir, íbamos como locas a buscar a la castañera. También vendía boniatos. A mí me gustaban más los boniatos. Aunque lo que en realidad me encantaba eran los bocadillos de calamares, se me iban los ojos cuando pasaba por algún bar de donde salía ese olorcillo. Tenía autorización para comprar a la castañera pero no a entrar sola en un bar a comprarme un bocadillo. Era todavía muy pequeña.
Cuando volvía a casa, mi madre me recibía con los brazos abiertos. Siempre me preguntaba:
-¿Qué tal en el cole?
No sé por qué motivo me enfadaba que me preguntasen eso todos los días, si yo, además, siempre sacaba buenas notas. Ahora yo les pregunto lo mismo a mis nietos y creo que a ellos también les sienta mal la preguntita.
Aún así, todo esto que cuento lo hago con cariño no tengo nada que reprocharles a aquellos tiempos. Fueron los que me tocaron vivir, fue mi  infancia y adolescencia en Madrid


Fotografía copiada de internet.

lunes, 29 de enero de 2018

El pichón peregrino.

Pensaba que este cuento estaba subido en el blog, y esta tarde, de casualidad, he visto que no estaba. Espero que os guste. Es el primer cuento que escribí, por eso le tengo un cariño especial.
Los dibujos me los hizo con mucha ilusión mi amiga Laura Bueno.

      ¡Las cigüeñas han llegado! -gritó Josemi. 
Todos los años, esperaba ilusionado el regreso de sus amigas.  Al escucharle, la  gente que se encontraba sentada en la plaza del pueblo observó como unas sombras grandes oscurecieron momentáneamente el cielo. Las manchas oscuras se fueron aproximando con lentitud hasta el campanario de la iglesia y, majestuosamente, se posaron encima de él. Como siempre, ellas volvían en primavera, y esta se acercaba. En el campo los colores brillaban con más fuerza que de costumbre, los árboles iban vistiéndose de pequeños brotes verdes y los días se alargaban. El tiempo estaba soleado aunque todavía fresquito.
Frente a la iglesia, en una casa con un pequeño huerto, vivían Josemi y Fátima. En el tejado había un palomar en donde la familia criaba sus palomas. Allí,  tenían sus crías sin preocupación; se sentían seguras sin el peligro de las lechuzas, sus grandes enemigas. 
La paloma Sacarina, a la que llamaban así sus amigas debido al color blanco de sus plumas, había puesto cinco huevos  que  empollaba con  esmero. Cuando pasó el tiempo necesario, nacieron cinco  pichoncitos de los que estaba muy orgullosa. 
Cuando oyó el griterío de los chiquillos, ella también se puso muy contenta con la llegada de las cigüeñas. Por fin volvería a ver a su amiga Risueña...
En el palomar, que eran muy amigas de poner motes, la llamaban  Risueña, siempre estaba de buen humor.  Sacarina la respetaba mucho y admiraba la elegancia y la fuerza que trasmitía al volar, aunque  lo que más le gustaba de su regreso, es que al atardecer volvería a escuchar sus historias sobre los peregrinos que se encontraba  cuando sobrevolaba el Camino de Santiago. 
La iglesia y el palomar estaban situados enfrente,  y a las seis de la mañana el reloj de la torre  despertaba  a todo el mundo con sus campanadas. Todos los días, las palomas y las cigüeñas, realizaban el mismo ritual, cuando se veían, se saludaban, estiraban sus alas y  peinaban sus plumas.
-Buenos días, Risueña.
-Buenos días Sacarina.
  Después de los saludos, cada una se iba a cumplir con sus obligaciones y, cuando caía la noche, se reunían para contar todo lo que les había ocurrido durante esa jornada. En el palomar esperaban con ansiedad la llegada de Risueña, querían escuchar sus aventuras:
-Venga Risueña, cuenta cómo te ha ido hoy -insistían sus amigas.
-¿Cuántos peregrinos has visto? ¿Iban andando o en bicicleta? ¿Llevaban colgada al cuello la concha de Santiago?
Y, así, siempre le preguntaban sin parar.
Los pichoncitos de Sacarina iban creciendo y se incorporaron al grupo de admiradores que con mucha atención la escuchaban por las noches. Risueña contaba sus experiencias sobre el Camino de Santiago:
-Algo tiene ese camino. Cuando los humanos lo recorren  se transforman,  se hacen muchos amigos y se hablan como si se conocieran de toda la vida; se ayudan unos a otros, aunque sea la primera vez que se ven. Es fantástico ver lo bien que se portan unos con otros. ¡Con razón dicen que es un camino mágico!

Así, todas las noches, contaba ejemplos de la buena voluntad de los peregrinos y, la curiosidad de los pichones iba en aumento, en especial la de uno de ellos que preguntaba sin parar hasta que Sacarina le mandaba a dormir:
-¿Qué son los peregrinos?, y los albergues ¿para qué sirven? ¿Por qué  llevan una concha al cuello?--interrogaba Listillo
“Cuando sepa volar bien, me iré  con Risueña” pensó.
Pasaban los días y los hijos de Sacarina crecían mucho; ya casi estaban listos para salir del nido. 
De vez en cuando Josemi y Fátima subían al palomar. A los niños les gustaba mucho  aún a sabiendas de que cuando lo hacían se solían llevar una reprimenda:
-No debéis molestar a las palomas cuando están criando.
Sacarina estaba muy contenta con sus retoños, pero le preocupaba  mucho uno de ellos. Era el más espabilado pero creía que lo sabía todo y siempre quería tener  razón.  Por esta causa su madre le llamaba Listillo.
-Mamá, ¿puedo  acompañar a Risueña?
-No hijo, no. Ya irás cuando seas mayor y vueles con más seguridad. Ahora tienes que tener paciencia y esperar.
Listillo, además de creer que siempre tenía razón, era muy impaciente:
-¿Cómo será ese camino del que hablan todas las cigüeñas? Tendré que  preguntarles de qué forma puedo sobrevolarlo sin tener problemas -pensaba.
Cuando oía todas las historias que contaban, le entraban unas ganas tremendas de ver mundo y abandonar el nido. Listillo lo tenía todo planeado; estaba decidido, el primer día que oyera que iba a hacer buen tiempo, saldría volando en busca de los señores peregrinos y pasaría muchos ratos con ellos. En su casa se aburría tanto
Una mañana, todavía medio dormido, oyó entre sueños a su madre hablar con Risueña:
-Risueña, por favor, ¿me puedes decir cómo está hoy el tiempo? Desde el campanario verás el  horizonte sin problemas.
  Listillo levantó la pluma que tapaba sus oídos y escuchó con atención la respuesta:
-Creo que  vamos a tener un día maravilloso, no hay ninguna nube en el cielo.
¡Eso es lo él estaba deseando! ¡Por fin llegó la hora!
-¡Bravo!  Hoy será cuando empiece mi viaje -dijo para sus adentros.
Esperó a que su mamá saliera a buscar comida y, sin pensárselo dos veces, se pasó el pico por las plumas, las ahuecó y se preparó para empezar su aventura. Se colocó con cuidado al borde del nido y miró hacia abajo. Le dio un vuelco el corazón, ¡qué alto estaba aquello! Se acordó  de que su madre siempre se ponía en el alero del tejado, se dejaba caer y, cuando estaba en el aire, abría las alas y cogía altura como si fuera una pluma movida por el viento. ¡Solo tenía que hacer eso! Parecía fácil. Se preparó en un saliente del palomar y, cerrando los ojos, realizó todos los preparativos necesarios para echar a volar. 
Algún detalle se le debió de pasar por alto pues, al intentar elevar el vuelo, ocurrió todo lo contrario de lo que él esperaba y empezó a caer y a caer, dándose golpes con todos los obstáculos que encontró en la pared, hasta que acabó en el suelo. Se quedó tan aturdido que estuvo algunos segundos sin saber qué había pasado ni donde estaba. Poco a poco fue reconociendo el lugar, recordó que cuando se asomaba desde el palomar, lo veía todos los días. Era el huerto de la casa; había  muchos árboles frutales  y  dos niños jugando. Con mucho miedo y dolor, Listillo se escondió como pudo, dando pequeños saltos, detrás de una maceta  y, así, estuvo largo rato hasta que se acercaron  Josemi y Fátima.
-Josemi, mira lo que hay aquí, un pichón del palomar; se ha debido caer, parece que todavía no puede volar porque le faltan algunas plumas; Creo que se ha roto una pata y el ala.
-Vamos a avisar a mamá, ¡tendremos que curarle! 
Rápidamente salieron corriendo hacia la casa:
-¡Mamá mamá! mira lo que hemos encontrado, una paloma herida, ¿Podrás curarla?
-Fátima, ya sabes que cuando se cae un pájaro del nido antes de tiempo, es muy  difícil que sobreviva pero, vamos a intentarlo. Pobrecito, tiene el ala rota; vamos a vendársela, a lo mejor logramos que pueda volar algún día. 
Los tres se  lo llevaron dentro de casa, empezaba a caer la noche y hacía un poco de frío. 


Mientras, en el palomar, Sacarina, que había vuelto con el buche lleno de comida, se encontró con que faltaba Listillo. Nadie lo había visto y sus hermanos tampoco sabían nada. La paloma no paraba de preguntar a sus vecinas, ¡estaba desesperada! Fue en  busca de Risueña.
-Risueña, ¿has visto a Listillo? No me ha hecho caso, y se ha escapado del palomar. ¡Qué va a ser de él! Se acerca  la noche y se va a morir de frío.
-Sacarina, tranquilízate, no te preocupes, voy a hacer un vuelo por los alrededores a ver si lo veo. Enseguida vuelvo.
Risueña solo tuvo que planear un poco desde la torre, para  darse cuenta  de que en la cocina de la  casa que había debajo del palomar,  estaban curando al hijo de Sacarina. Remontó el vuelo y volvió rápida con la buena nueva.
-No te preocupes Sacarina, está en buenas manos. La madre de Josemi y Fátima le está poniendo una venda en la pata y en el ala; se ha debido de golpear al iniciar al vuelo.
Al oírla, Sacarina no pudo contener las lágrimas; pensar que no podía tenerlo cerca le produjo una tristeza inmensa. 
Por otro lado, Listillo estuvo toda la noche arrepentido de no haber hecho caso de los consejos de su mamá. Tendría que esperar mucho tiempo para curarse la herida y, quizá, no podría nunca volar  como su amiga la cigüeña. Lloró y lloró hasta que empezó a amanecer y, al mirar por la ventana pudo ver a su madre posada en el alfeizar de la misma. Desde fuera del cristal le saludaba con sus alas, y esto le consoló.   Poco a poco se quedó dormido. 
Le despertó un gran alboroto en la casa. Los padres de Josemi y Fátima leían en voz alta una lista de objetos que estaban preparando y colocando en sus mochilas: cantimplora, saco de dormir, linterna, botiquín, crema para las rozaduras... Los chicos también preparaban su equipaje: dos bastones para caminar, sombreros, tres mudas y unas botas de montaña.
-Bueno niños ¿estáis listos? Nos vamos en seguida. Ya sabéis que desde Salamanca  hasta  Santiago  nos queda un largo camino 
-Sí, papá, pero…. ¿Qué vamos a hacer con el pichoncito? Si lo dejamos solo, se va a morir ¡Por favor, vamos a llevárnoslo! Nos ocuparemos  de cuidarle durante todo el camino; hemos preparado una jaula y la llevaremos enganchada de la mochila.
-¡Pero estáis locos!  Se morirá durante el viaje.
La madre intervino en favor de Listillo:
-Deja que se lo lleven. Si se queda aquí, van a estar todo el tiempo sufriendo por él. 
-Bueno -dijo el padre-, vosotros veréis pero cuando se anca mucho, cualquier peso extra se hace insoportable.
-¿El Camino?-pensó Listillo-. ¿Será ese del que todos hablan? Si fuera aquel al que se refiere Risueña, se cumplirían todos mis deseos. Aunque no pueda volar lo veré desde la tierra como un peregrino de verdad.
Poco después, llegaron a la casa algunas  personas más, que hablaron con  los chicos sobre la ruta que iban a recorrer.
-Entonces ¡es verdad! ¡Vamos a hacer el Camino! El  corazón no le cabía dentro de su  pecho cubierto de plumas.
  La paloma Sacarina, desde arriba, vio como se alejaban todos con su hijo en una jaula colgada a  la espalda de uno de los niños. Empezó a llorar con desconsuelo pero el pichón desde abajo le gritó:
-Mamá no te preocupes por mí. Me voy a Santiago, soy un peregrino.
Desde ese día, la paloma Sacarina esperó pacientemente el regreso de su hijo,  asomada al alero del tejado. Pasaron dos semanas y Listillo volvió de ese viaje cansado pero con todas sus heridas curadas.  Santiago le ayudó para que sanaran. Su madre y sus hermanos se pusieron muy contentos cuando les vieron llegar por el sendero. A los  pocos días  sus amiguitos  le abrieron la jaula.
-Vamos palomita, tus heridas se han curado, ¡ya puedes volar! 
Listillo levantó el vuelo un poco temeroso al principio, pero luego, siguió elevándose  como si lo hubiera hecho durante toda su vida. La sensación de libertad era maravillosa. Se posó en el palomar y todos allí, le recibieron con mucha alegría.
-Mamá, voy a volver a hacer el Camino, pero esta vez, con Risueña.
-Este hijo mío no tiene arreglo -dijo a todas las palomas que estaban allí celebrando  su vuelta.
Pasaron unos meses y, un día,  una extraña pareja, formada por una cigüeña y una paloma, sorprendió  a los peregrinos, que hacían el Camino, sobrevolando sus cabezas. 
A partir de entonces, todos los años al llegar la primavera, Risueña  y Listillo  emprendían un nuevo viaje; los dos se dejaban llevar por la magia y el encanto de el Camino de Santiago.


domingo, 28 de enero de 2018

Si tú no tienes una hermana mayor no sabes lo que te pierdes

Resultado de imagen de Dibujo de dos chicas o niñas.
Si tú no tienes una hermana mayor no sabes lo que te pierdes. Cuando eres pequeña y tienes una hermana mayor te pasan muchas cosas buenas, es muy entretenido, simplemente con mirarla ya te lo pasas bien. Por ejemplo cuando se viste, o cuando elige los complementos, o mirando  cómo se desmaquilla y se pone la hidratante… también cuando se prepara para irse con sus amigas a los toros o de flamenquéo  y se ponen flores en el pelo o cuando toca la guitarra y canta o cuando esta estudiando y te dice que no le distraigas y tú te quedas callada para que te deje estar cerca. Y por las noches, si compartes habitación,  con la luz apagada te cuenta cosas, desde cuentos a como le ha ido el día o si le salen pretendientes, sobre todo si eres tan preguntona como yo y ella no se cansa de ti y te contesta a todo.
Cuando tienes una hermana mayor te puedes disfrazar con sus collares y zapatos de tacón. Puedes jugar con sus juguetes de chica mayor, como su batidora y hacerte colacaos, participar como  público en sus experimentos culinarios y si no salían bien, cosa rara porque es muy buena cocinera, reírte de ella y gastar bromas y lanzarte la leche frita como proyectiles. Puedes mirar sus álbumes de Sissi, ojear sus libros y enredar en  todas sus cosas, sin que ella se enfade, aunque a veces le pongas detergente en el café o le pintarrojees las fotos.
Una hermana mayor te cuida y te abriga, a veces tanto que corres riesgo de asfixiarte debajo de las mantas o el verdugo la bufanda el abrigo. Tú también puedes ayudarla a ella, yendo de tapadera a  esperar de estrangis a Paul Anka a la entrada del concierto o escuchar con ella una y otra vez las canciones de los Beatles en su pick up. Con una hermana mayor  la complicidad está asegurada, se parte de risa con tus trastadas, y primero ella te defiende a ti, y luego tu a ella.
Me acuerdo como si los tuviera delante de los vestidos tan bonitos que tenía, uno verde con festones, otro estampado de flores, o uno con lacitos debajo de los tirantes. Y de sus chalecos de ante con flecos, sus botas altas…era una hermana moderna. A mi no me extrañaba nada que tuviera a todos los chicos revoloteando a su alrededor porque era guapa de no poder aguantarse, y cantaba muy bien y hablaba inglés y tenia acento madrileño en Granada y además era muy simpática y educada con todo el mundo. 
Yo he tenido mucha suerte porque mi hermana era la chica más guapa y más cariñosa del mundo y además la he tenido doce años para mi sola. 
Nunca me he aburrido con ella porque con esa imaginación que ha tenido siempre, su vida es como un cuento y como ahora  ya está un poco más crecida para irse de aventuras se ha puesto a inventárselas. Y te las cuenta con tantos detalles y describiéndolo todo tan bien que parece que estás ahí mismo, viéndole el juanete al rey Melchor o  con Pinocho en las Fallas.
En sus cuentos hay pocas princesas, hay sobre todo niños y animales, y todos corren aventuras aunque a veces no sean trepidantes, porque ella sabe hacer de cada día un regalo especial y magia de lo cotidiano.


Este precioso dibujo está sacado de internet.

jueves, 25 de enero de 2018

Guille y Pablo solidarios con los refugiados.







Guille y Pablo, dos niños solidarios

Se acerca Diciembre; el día 14 es el cumpleaños de Pablo y pocos días después el de Guille. Desde hace tres meses llevan la cuenta de los días que les quedan para celebrarlo. Como  cumplen años con dos semanas de diferencia,  su mamá los celebra siempre juntos. Ya tiene las invitaciones y van a venir muchos niños.
Una noche, toda la familia está viendo la televisión; han salido unas imágenes espantosas de unos niños. Con los ojos llenos de lágrimas, empapados  y llenos de barro. Los niños no comprenden bien lo que pasa y se lo pregunta a su mamá.
-Mamá ¿qué les pasa a esos niños? ¿Por qué están tan tristes?
-Huyen de la guerra y buscan refugio en países que estén en paz –les contesta su madre.
-Mamá, ¿eso puede pasar aquí también? -pregunta Guillermo un poco asustado.
-Sí hijo, sí. Por desgracia eso puede ocurrir en cualquier sitio, la avaricia y el egoísmo de muchas personas puede hacer que dos países se declaren la guerra y esto lleve a muchas personas a pasar hambre y frío sin tener culpa de nada.
Esa noche, todos  se han acostado muy tristes pensando en la gente que estará en esos momentos sin hogar. Guille y Pablo, tienen un poco de miedo ¿Y si les ocurre eso a ellos?
Por la mañana su mamá, al levantarse ha hablado con los dos:
-Mirad niños, vuestro padre y yo hemos pensado, que puesto que enseguida van a venir los Reyes Magos y os  van a traer  muchos juguetes, debemos de compartir algo de lo que tenemos con los niños refugiados. Podríamos decir a vuestros amigos que, en lugar de compraros un regalo, el dinero que se van a gastar lo echen en una hucha que vamos a poner en medio de la fiesta y, todo lo que recojamos, lo enviaremos para ayudarles un poco. ¿Qué os parece?
Guille y Pablo han escuchado a su madre y no han puesto ninguna pega, les ha parecido bien. Su madre se ha sorprendido de la generosidad de sus hijos.
-Bueno, solo queda cambiar la invitación. Esta tarde escribiré una nota para que se la entreguéis a las mamás de vuestros amigos.
Mayca ha pensado en la carta que les va a dar y después de terminarla se la lee a sus hijos; ha quedado así:
-Queridas amigas:
Tanto mis hijos como yo,  estamos  todavía aturdidos  ante la gran desgracia que están sufriendo las personas que tienen que abandonar su hogar por culpa de la guerra. ¡Hay tanta gente que se ha quedado sin nada y tantos niños a los que ayudar...!
Pienso en la suerte que tenemos y en que  somos privilegiados. En realidad tenemos de todo y en exceso.
Quiero que mis hijos sean desprendidos y creo que hay que enseñarles desde pequeños a ayudar a los demás. Por eso cuando hablé con ellos de su cumpleaños, pensamos entre los tres, que este año no queríamos regalos, que lo mejor sería que lo que os vais  a gastar en comprar un juguete, lo echéis en una hucha que vamos a poner en el lugar de la celebración. Luego Guille y Pablo lo  entregaran a alguna O.N.G. Creo que ellas sabrán emplearlo de forma adecuada.
Os lo agradecemos de corazón:

                                               Familia de  Guille y Pablo

A los dos niños les ha parecido muy bien.
Guille y Pablo han recogido 300 euros y, casi  no han notado el sacrificio porque aunque no han tenido juguetes, han tenido fiesta y también tarta.
Otras  mamás han copiado la idea porque les ha parecido que está muy bien eso de compartir, así que han enviado más dinero para ayudar a los niños refugiados.
Esos días, las profesoras han hablado en clase de la solidaridad pero ellos  que son pequeños preguntan a su madre:
-Mamá, ¿qué es ser solidario?
Mayca  se queda sorprendida porque  Guille y Pablo son solidarios pero no lo saben.
-Hijos, ser solidario es ser generoso con los demás, como vosotros lo habéis sido con los niños de otros países.
-¡Ah! – Los dos se quedan callados pensando en lo que les ha dicho. Les parece que ser solidario es una cosa muy buena, así que están satisfechos de serlo.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Ya he llegado. Poesía infantil

Ya he llegado
Estoy aquí, ya he llegado.
Vaya lío que he montado,
porque según escuché,
me adelanté.
Mi mamá y mi papá,
ya me estaban esperando,
mi hermano José Miguel
 y un perro llamado Tango.
Mi hermano me quiere mucho,
siempre haciendo tonterías,
estoy seguro   que es
para que yo le sonría.
Con mi papá me divierto,
me hace muchas cosquillas.
Con mi mamá  yo me  duermo
y no tengo pesadillas.
Soy un niño pequeñito,
 gordito y tierno a la vez
que no lloro ni molesto,
que siempre como muy bien.

¿Adivinas quién seré?

Dedicada a mi nieto Carlos Javier que llegó hace unos meses.
El dibujo está hecho por mi nieto mayor, Guillermo.